Vocabulario sexual en latín

Las raíces del mundo clásico están estrechamente vinculadas al ámbito del sexo y la fertilidad. La mitología grecorromana es buena prueba de ello: Príapo, dios griego de la fertilidad, a menudo era representado con un prominente falo, atributo que simbolizaba no solo lo concerniente a las relaciones humanas, sino también a aquello relacionado con la protección y cuidado de las cosechas y el ganado.

Sin embargo, cuando hablamos del léxico latino referido al sexo, generalmente lo asociamos a un lenguaje soez y propio del habla vulgar. Nada más lejos de la realidad: en Pompeya encontramos frescos e inscripciones que tratan temas como la prostitución, la homosexualidad o las prácticas sexuales que se llevaban a cabo en las paredes de los domus. También en la literatura latina encontramos referencias al sexo con un registro vulgar, como es el caso del Carmen XVI del poeta Catulo, que dice así:

Paedicabo ego vos et irrumabo
Aureli pathice et cinaede Furi,
qui me ex versiculis meis putastis,
quod sunt molliculi, parum pudicum.
Nam castum esse decet pium poetam
ipsum, versiculos nihil necesse est,
qui tum denique habent salem ac leporem,
si sunt molliculi ac parum pudici
et quod pruriat incitare possunt,
non dico pueris, sed his pilosis,
qui duros nequeunt movere lumbos.
Vos quod milia multa basiorum
legitis, male me marem putatis?
Paedicabo ego vos et irrumabo

Si tenemos en cuenta que en algunas traducciones —véase la edición de Gredos, de Arturo Soler Ruiz— las dos primeras líneas han pasado al castellano como “Os sodomizaré y me la chuparéis, Aurelio bujarrón y puto Furio […]”, podemos entender que el vocabulario sexual, lejos de ser soez, también fue un recurso para algunos literatos como Catulo, Marcial o los Priapeos.

Términos varios

En las primeras líneas del poema leíamos dos verbos en futuro: paedicabo ‘penetrar por el ano’ e irrumabo ‘chupar’ —aunque con un matiz diferente a la felatio, por la actitud activa de quien recibe la acción—. Ahora bien, los hombres no eran los únicos en disfrutar de tales placeres; la práctica del cunnilingus, sustantivo formado por la unión de cunnus ‘coño’ y el verbo linguere ‘lamer’, parece ser herencia de los romanos –tanto en términos lingüísticos como sexuales-. Algo que también hemos heredado de estos es el coitus interruptus, si bien el orgasmo —del griego ὀργασμός— es propiamente un sentimiento griego, típico del pathos.
También es preciso aludir al papel del latín vulgar en la creación y difusión de determinados términos. De este modo, lo que para los romanos educados era la fornicatio, para las capas sociales se llamaba futuere, o lo que es lo mismo, ‘follar’. Lo mismo ocurre con los términos relacionados con los aparatos reproductores; del latín nos han llegado pene y vagina —de penis y vagina ‘vaina’, respectivamente—; sin embargo, en el latín vulgar se empleaban términos como mentula o verpa, cuya traducción al español variará en función de la zona, aunque de cualquier modo se referirá, de forma vulgar, al miembro viril. Tampoco se libran los testículos —del lat. testiculus—, puesto que en el latín vulgar se los llamaba colei o coleones, y cuya evolución fonética ha originado el español cojones. Dicha evolución se puede comprobar en el resto de lenguas romances, puesto que encontramos couilles en francés, collons en catalán, coglioni en italiano o coi en rumano. Prueba de que, por más que se trate de vulgarismos, su uso está extendido y resulta entendible en todos los estratos sociales. Al final, velis nolis, la lengua es de sus hablantes, y la latina, en este caso, no podría ser una excepción.