¿Por qué seguimos utilizando anglicismos innecesarios?

Al final todo se reduce a una cuestión de prestigio o de 'horterismo'.

Hace apenas una semana que se celebró la jornada de debate ¿Se habla español en la publicidad? en el salón de plenos de la Real Academia Española en colaboración con la Academia de Publicidad, y las conclusiones a las que se llegó no podrían pasar desapercibidas: en el año 2003, menos de treinta marcas utilizaban el inglés en los anuncios de televisión; en 2016, el número asciende a trescientas veintidós. Este hecho se debe a la asociación del inglés con la apertura e internacionalización, mientras que el español se asocia al aislamiento. No obstante, el uso del inglés en la publicidad puede volverse en su contra, puesto que el empleo de lemas en inglés no solo abre una brecha generacional, sino que, además, excluye a determinadas capas de la población, como personas de avanzada edad o con baja cualificación.

Resulta evidente que el uso del inglés en la publicidad de los países hispanohablantes responde a una cuestión utilitarista, pues se entiende que el inglés es el medio ideal para adquirir una imagen internacional y de prestigio. Ante esta realidad solo se puede actuar de dos formas: ora asumiendo una postura de resignación, ora intentando revertir la situación a través de la publicidad. Inclinarse por la segunda opción implica no solo un análisis profundo del porqué del uso del inglés en la misma, sino también cuáles deben ser las campañas de concienciación y cuál debe ser el público al que dirigirse. Y es que desde la RAE y la Fundéu hace tiempo que se puso el foco sobre el uso innecesario de ciertos anglicismos, a la vez que se incorporaban y adaptaban al Diccionario términos sin equivalente en castellano, como eslogan, pádel o máster. También concierne a la Academia el buscar equivalentes en castellano, no como una búsqueda por rechazar los prestamos lingüísticos, sino como una muestra de la riqueza de nuestro léxico. El ejemplo lo vemos en el anteriormente mencionado máster o en marketing, ejemplos para los que la RAE y la FUNDÉU aconsejan sus equivalentes en español: maestría y mercadotecnia. En este proceso de adaptación también sería conveniente adaptar la grafía de los anglicismos a la fonética del castellano, como por ejemplo en la palabra gay, pues según el DPD «en español se recomienda adecuar la pronunciación a la grafía y decir [gái]. Su plural debe ser gais».

Sin embargo, desde la publicidad florecen a diario los denominados anglicismos innecesarios, que no son más que vocablos —con equivalente en castellano— utilizados por una cuestión de prestigio o eufonía. Los ejemplos son innumerables: business en lugar de negocios;CEO en lugar de director ejecutivo; freelance en vez de autónomo; consulting por consultoría o sponsor en lugar de patrocinador son algunos de los ejemplos que conciernen al mundo de la empresa y los negocios. Pero hay más: es recurrente en el mundo de la moda el empleo de términos como «fashion week» en lugar de semana de la moda, shorts en lugar de pantalones cortos o bermudas y jeans en vez de pantalón vaquero —o simplemente vaqueros—. Es probable que su uso se haya visto favorecido en los últimos años por el auge de las redes sociales, donde es muy fácil encontrar buenos ejemplos:

Sin duda podemos afirmar que se trata de una cuestión difícil de abordar puesto que es un fenómeno que está muy extendido, y las políticas que han de llevarse a cabo pasan más por aconsejar y concienciar que por restringir o prohibir. No obstante, está en las manos de todos los hispanohablantes el tomar conciencia de esta situación y pensar si realmente el léxico del castellano no cubre determinados ámbitos —para lo cual serán necesarios los anglicismos, pero también los galicismos, italianismos o catalanismos, entre otros— y si de hacerlo, es necesaria su sustitución por términos equivalentes en inglés. En definitiva, debemos pensar si hay lenguas más prestigiosas que otras, o si en cierto modo, la sustitución de términos en castellano por equivalentes en inglés es una cuestión de prestigio o de ser un hortera en términos lingüísticos. El debate está candente.