"Mi yo de primero de carrera" vs "mi yo de último año"

Al andar se hace camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar

Sí, por regla general, los estudiantes universitarios entramos a nuestra carrera por vocación, para poder llegar a decir eso de "Yo trabajo de lo que me gusta". No obstante, las aspiraciones y los propios gustos pueden cambiar un poco en el camino, haciendo que aquello que veíamos en primero con ojos de admiración de un giro de 180 grados en nuestro último curso, o viceversa.

Nuestros primeros “amigos” de la carrera

En efecto, muy posiblemente, las primeras personas con la que hablemos en ese primer día de carrera -sí, ese en el que los nervios afloran por todos y cada uno de los poros de nuestra piel- sean en realidad totalmente distintas u opuestas a nosotros -puede, incluso, que descubramos que son más raras que un perro verde y nos preguntemos por qué narices el destino quiso que, entre tanta gente, nos tropezásemos justamente con ellas-. Por consiguiente, lo más probable es que ambas partes acabéis buscando entre la multitud de la facultad personas más acordes a vosotros -sí, por muy extravagantes que nos pareciesen aquellos individuos, seguro que, entre la diversidad de especímenes de la facultad, también encuentran su espacio; además, nunca podemos descartar la posibilidad de que, en realidad, nosotros seamos los bichos raros, ¿no?

En definitiva, esto demuestra que, en la vida universitaria -como en la vida misma-, los vínculos fraternales y los círculos de amistades pueden cambiar más de lo que piensas, o de lo que te gustaría pensar. Por consiguiente, en tu último año, te sobrarán dedos de la mano al contar a los compañeros de universidad que verdaderamente puedes considerar amigos.

Nuestro ‘outfit’

Muy en relación con lo anteriormente mencionado, en los primeros días de nuestra vida universitaria, intentaremos sacarnos el mayor partido delante de nuestros compañeros. Sin embargo, según se vaya aproximando el final de curso, lo más probable es que nos demos cuenta de que se han acabado convirtiendo prácticamente en una "gran familia" -no es raro teniendo en cuenta que muchos días acabamos pasando más tiempo en la facultad que en nuestra propia casa- y ya no tenemos que demostrarles nada.

No cabe duda de que, después de habernos visto en nuestras peores resacas y convertidos en ratas de biblioteca, dejaremos de ponernos de punta en blanco para ir a clase.

Pero, por favor, a no ser que estudiemos INEF, tratemos de no llegar al chándal.

Los fines de semana

Todos recordamos felizmente esos fines de semana de primero de carrera, sí, esos que empezaban el miércoles y acababan el lunes. Nunca olvidaremos todas las fiestas y aventuras épicas de nuestros inicios universitarios. Sin embargo, en nuestro último año, esos recuerdos serán exactamente eso, recuerdos. Nos veremos apurados con el TFG, con las asignaturas de ese año, quizás con alguna que tengamos colgada de años anteriores; puede que nos hayamos puesto a trabajar o a sacarnos algún curso...

En definitiva, el tiempo no nos sobrará especialmente. Daremos gracias si nos podemos tomar algo un domingo por la tarde, y quizá cambiemos nuestro planteamiento y comencemos a obsesionarnos levemente con la idea de por qué la semana sólo tiene siete días.

La nota media

Algo que creíamos tan lejano o a lo que en primero restábamos importancia, conformándonos con el cinco, se vuelve contra nosotros. Nos hemos hecho mayores y ahora queremos ampliar nuestros estudios superiores con un máster, pero piden un 7.5 y tenemos un 6.97.

¡Hola, soy tu media!

Nuestras metas y objetivos

Pues yo quiero estudiar ‘tal’, hacerme un máster en ‘cual’ y dedicarme a ‘lo otro’.
Quizás nos recordemos diciendo este tipo de frase en nuestro primer curso, ¿no? ¿Pero cuántos seguimos pensando exactamente lo mismo?

Puede que esa asignatura que tanto nos fascinaba cuando leímos por primera vez el programa de nuestra grado, esa que pensábamos que nos iba a marcar y que nos iba a acercar un poco más a aquello a lo que siempre habíamos soñado dedicarnos, sea precisamente la que más se nos resista y con la que, incluso, lleguemos a agotar todas las convocatorias. Cuando, finalmente, logremos aprobarla nos sentiremos aliviados, pero, muy posiblemente pensaremos:

¿Y yo quería orientar mi futuro precisamente a esto? ¿En qué narices estaba pensando...?

No obstante, podemos respirar tranquilos, ya que, en el trayecto, seguramente hayamos encontrado otras ramas de nuestra carrera que nos gustan mucho. También es muy probable que hayamos cambiado de opinión con respecto a ese máster que tanto deseábamos hacer. Por añadidura, también es bastante posible que, a estas alturas, estemos bastante perdidos y nos cueste un esfuerzo sobrehumano llegar a decidir qué hacer cuando acabe nuestro último año.

Pero bueno, no desesperemos. Estamos en nuestro último curso, hemos recorrido la parte más larga del camino y... ¡ya no nos queda nada! O casi nada: nuestros amigos TFG’s serán el último obstáculo que debamos superar.

Pero mantengamos la calma, ya casi somos graduados y lo que queda… ¡es pan comido!