La maldita asociación entre sexo y género.

Vaya por delante, antes de proseguir con estas líneas, que asumo todo lo que quedará escrito en este artículo, que presumiblemente tendrá una nimia presencia en las redes sociales y que, seguramente, será motivo para que, desde el anonimato o el «perfilato», me gane un lugar entre los proscritos del orbe social. Pues bien, el tema que nos ocupa concierne a la asociación entre sexo y género, un asunto que subyace del ya aborrecido sexismo lingüístico o uso sexista del lenguaje, promovido por innumerables guías de comunicación no sexista que, además de no lograr cuórum entre ellas, recomiendan usos como «lxs chicxs» o «l@s chic@s» —como se puede ver, la fonética y fonología brilla por su ausencia en estos casos—.

Arturo Pérez-Reverte, conocedor y «sufridor» de este asunto, ya elevó su queja de la siguiente manera: «[…] ese género, tan caro a las feministas, es un anglicismo que proviene del puritano gender con el que los gringos, tan fariseos ellos, eluden la palabra sex. En España, donde las palabras son viejas y sabias, llamar violencia de género a la ejercida contra la mujer es una incorrección y una imbecilidad; pues en nuestra lengua, género se refiere a los conjuntos de seres, cosas o palabras con caracteres comunes –género humano, género femenino, género literario–, mientras que la condición orgánica de animales y plantas no es el género, sino el sexo». Quizá estas líneas sean suficientes para explicar cuál es la distinción entre sexo y género, aunque considero que es pertinente atender a las definiciones para entender la diferencia con más detalle. Así pues, en la Nueva Gramática de la lengua española (2009) el género queda definido como una «propiedad de los nombres y de los pronombres que tiene carácter inherente y produce efectos en la concordancia con los determinantes, los cuantificadores, los adjetivos y, a veces, con otras clases de palabras» (I, p. 81, § 2.1.a). El sexo, como queda definido en la Guía de comunicación no sexista (2011) del Instituto Cervantes, es una categoría biológica que designa al macho y a la hembra en los animales y al varón y la mujer en las personas (p. 27).

© RAE

©Real Academia Española.

Sin embargo, esto no evita seguir erre que erre con el asunto del desdoblamiento, las arrobas —no sé qué tiene que ver una unidad de medida en esto— y todo cuanto sea necesario para visibilizar ambos sexos, en aras de un supuesto lenguaje inclusivo, y por ende, de la igualdad. Ahora bien, al ser esta una cuestión que atañe principalmente a la lingüística, es preciso ejemplificar y ahondar en cuestiones estrictamente gramaticales. Por una parte, es cierto que en muchas ocasiones el género enuncia el sexo del referente, como en chico / chica, abogado / abogada o duque / duquesa. Esto ocurre porque los referentes son animados, es decir, que el género aporta información semántica sobre el referente; sin embargo, en los sustantivos inanimados, la asociación entre sexo y género no es tan evidente, más aún por no encontrarle el sexo —véase la tercera acepción de sexo en el Diccionario de la lengua española— a un libro o a una mesa. Por tanto, llegados a este punto, podríamos afirmar que el criterio para asociar sexo y género estriba en cuestiones de semanticidad. Pero hay más: los sustantivos epicenos, verbigracia, son aquellos que con un solo género designan a ambos sexos. De tal forma que términos como persona, majestad o señoría pueden referirse a los dos sexos, aun siendo todos ellos sustantivos femeninos. Como se puede inferir de estos ejemplos, la asociación entre sexo y género en muchas ocasiones está motivada por criterios que no se ciñen estrictamente a la lengua. Allá desde donde procedan estas asociaciones —ya sea desde el pedestal o desde el fango— me gustaría que se aclarara, por qué no, qué ocurre con las lenguas bantúes que presentan más de diez géneros. O por qué en el paso del latín al castellano algunos neutros plurales fueron asimilados por el género femenino, como ocurre en los términos leña o boda, por citar algunos ejemplos.

También se critica en un buen número de guías de comunicación no sexista el uso del masculino genérico —es decir, el uso del masculino plural como género no marcado—. Este, sin embargo, es un rasgo común en las lenguas romances. En italiano, tutti engloba a ambos géneros —y si los sustantivos son animados, en ocasiones, a los dos sexos—, así como lo hace todos en portugués. ¿La solución? Desdoblar. ¿Y eso cómo se hace? Aquí les dejo un ejemplo: «Hoy tenemos millones y millonas de Bolívar», Nicolás Maduro dixit. Como parece evidente, incluso atendiendo a las cuestiones gramaticales, esta es una cuestión que se ha elevado al plano político, y ahí hay poco o nada que hacer. Resulta curioso, cuando menos, que partidos cuyos referentes se jactan de decir en televisión «todos y todas» luego utilicen eslóganes o nombres que, en teoría, «excluyen» al sexo femenino —y sí, hablo de Unidos Podemos—. Entiendo que primaron la economía del lenguaje antes de poner en la papeleta «Unidas y Unidos Podemos», y que siguieron el criterio pragmático por el cual no se desdobla ni en español ni en muchas otras lenguas romances que presentan dos géneros. En estas nos encontramos. Y, mientras tanto, asistimos a la gilipollez elevada a su máxima expresión: hablar solamente en femenino, como han propuesto dos ediles en el municipio de Corvera (Asturias). Vivimos en una época en la que se desestima el estudio de la etimología, la gramática y el uso que los hablantes, durante siglos, han hecho de la lengua, para proponer medidas de bienquedismo y farfulla. Lo peor es que estamos siendo testigos y ¿testigas? de este improperio sin hacer nada al respecto.