Ciudadanos de un lugar llamado mundo

Diógenes fue el primer hombre que afirmó ser «ciudadano del mundo» -kosmou polites en griego, expresión de la que procede nuestro término «cosmopolita»-  tras ser expulsado de Sinope por causa de su «cínica» forma de vida -kyneios en griego significa «perro», y se decía que éste vivía como tal-.

En la nueva era en la que vivimos, en el mundo en que el que nos desarrollamos como personas, la globalización ha hecho relevante este antiguo ideal, cuando ni siquiera lo era tanto en la época de Diógenes. Si este filósofo griego era en sus tiempos desconocedor de la existencia de la mayor parte de pueblos y comunidades, y nada de lo que hiciera podía tener tampoco mucho impacto sobre ellos; sin embargo, en los últimos dos siglos, debido a la imbricación de todas las comunidades humanas en una misma red informática y comercial, es realista pensar que todos y cada uno de nosotros podemos entrar en contacto con alguno de los seis mil millones de otros seres humanos, así como influir de manera tanto positiva como negativa en sus condiciones de vida.

En el cosmopolitismo encontramos un punto intermedio entre las antagónicas teorías del relativismo y el universalismo estrecho. La clave es la tolerancia hacia las opciones de los demás y la humildad respecto a las nuestras, considerando la diversidad humana como una riqueza, ya que gracias a ella no nos quedaremos anclados en nuestra propia comunidad, sino que podremos aprender buenas y novedosas ideas de todas las partes del mundo.

No obstante, con el cosmopolitismo se multiplican infinitamente las posibilidades de hacer el bien y el mal. Es decir, del mismo modo que podemos influir positivamente impidiendo y tratando enfermedades mediante vacunas y medicamentos, tomando medidas contra el cambio climático o fomentando la educación; también podemos influir negativamente con la creación de nuevas armas con las que mueren millones de personas. Por ello, debemos darnos cuenta de que todas aquellas personas del cosmos sobre las que tenemos influencia son seres humanos con los que también tenemos responsabilidades y con los que debemos profesar un comportamiento ético y moral.

En conclusión, el reto consiste en adoptar mentalidades y sentimientos heredados de nuestros antepasados en el marco de pequeñas comunidades, dotándolos de ideas y de instituciones que nos permitan vivir juntos como la tribu global que ahora somos, en un contexto en el que las fronteras verdaderas ya no son las geográficas.