10 cosas que echas de menos cuando te independizas

Vivir independiente es el objetivo de todo joven; y no desmoronarte por pensar en el bonito pasado, el de todo lobo solitario. Lo cierto es que llevar una vida lejos de casa no es tan fácil como siempre pensamos. Hay una serie de cosas que es indudable que se echan de menos, nos pasa a todos. Y quizá por ello, el consejo de “disfruta de vivir con tus padres mientras puedas” es uno de los más reconocidos por aquellos que, ahora, extrañan estas cosas:

 

Despreocuparte de las facturas

Has estado demasiado tiempo creyendo que la luz, el agua, el gas e Internet no eran tanto gasto… pero cuando has descubierto que una parte de tu mísero sueldo se va simplemente en esto, te has llevado las manos a la cabeza. ¡Ahora entiendes por qué tu madre te gritaba cuando no hacías más que cantar en la ducha con el agua corriendo!

 

Un plato que se autococina

Resulta que también es responsabilidad tuya cocinar un mínimo de dos veces al día. Porque la pizzería de debajo de casa ya huele. El valor de los platos precocinados es algo que te ha arrancado lágrimas de placer, y ahora sabes que la mano para la cocina de tu padre o tu madre no ha sido la mejor herencia que te han dejado los genes. Por primera vez en tu vida, la necesidad te lleva a ver vídeos de Youtube para preparar una tortilla.

 

Saber que siempre habrá alguien esperándote en casa

Da igual que sean las 10 de la noche o las 7 de la mañana, tus seres queridos van a estar en casa aguardando que llegues sano y salvo. Por mucho que te fueras a los 25 años, tu madre seguía durmiendo más intranquila los viernes que el resto de la semana. Y sabes que no volverás a experimentar ese vínculo con nadie.

 

Tener una sorprendente nevera con comida

Abrir la nevera y ver comida es un lujo. Por lo menos, rellenar dos de cuatro baldas. Si vives con compañeros, una de ellas será la tuya y el resto estarán repletas de cosas que te encandilan. Y si vives solo, lo mismo, pero con nada más que tu balda llena. Cuando vuelves de visita a casa de tus padres y abres su nevera, descubres alimentos que jamás pensaste que sería tan necesario apuntar en la lista de la compra.

 

Tiempo para hacer cosas divertidas

Es inexistente. Porque después del trabajo, las cosas de la casa, las rutinas y los transportes de un lado a otro a penas tienes tiempo para hacer lo que te gusta.

 

Energía al volver del trabajo

Y cuando tienes ese tiempo, luchas por no quedarte dormido en las esquinas.

 

Ponerte malo sin ayuda

Descubres el valor de tener a un ser querido a tu lado que te prepare la cena cuando estás con 39 de fiebre o que te arrope cuando no puedas ni moverte de la cama. Viviendo solo eres tú mismo quien se encarga de ti. Y eso a veces no es tan divertido.

 

Ponerle un precio al papel higiénico

Por primera vez descubres que el papel higiénico cuesta dinero y que es una putada gastarlo. Por lo que, cada vez que puedes, tu cuerpo te tienta a robar un rollo de los que ves en los bares de las cafeterías o en casas ajenas. Es tan inverosímil como real. Bienvenido al despertar de la cleptomanía ridícula por el papel higiénico.

 

Valorar un abrazo en cualquier momento

De esos que a veces, simplemente, te apetecen, y que en el fondo nadie como tu familia te los da de igual manera. Te hartas de que parezca que en el cariño con la gente siempre necesites dar mucho a cambio. Como si se tratara de un pacto. Y adoras que tu madre siempre lo haya hecho desinteresadamente. O mejor dicho, lo valoras.

 

Admitir que no volverás a ser un niño

Miras atrás y ves que todo aquello ha quedado atrás, y que has sido tú quien ha tomado la decisión. Sabes que toca hacerlo pero no llegas a sentirte pleno. Echas de menos el pasado y sabes que has entrado en una etapa tras haber cerrado una anterior que había sido maravillosa. Nuevas experiencias se te abren ahora, pero jamás podrás olvidar de dónde vienes.