10 cosas que aprendiste de tu profesor de latín

El profesorado de la asignatura de Latín siempre ha sido especial. O, al menos, peculiar. Por eso resulta inevitable que, al echar la vista atrás y recordar a aquellos profesores que marcaron nuestras vidas académicas, nos acordemos de los profesores de Clásicas. Tal apego solo puede deberse a la cantidad de horas que hemos pasado con tales profesores. Ya sea por ser pocos en clase —si estás leyendo este artículo es porque formaste parte de los grupúsculos de Humanidades o Letras— o por ser una asignatura que necesita de cierta implicación por parte del alumnado, lo cierto es que resulta necesario rendirle tributo a los profesores de Latín —o de Griego Clásico, puesto que a veces era el mismo profesor—. A continuación recogemos todo aquello que aprendiste de tu profesor/a de Latín y que aún te sirve en tu día a día:

  1. El vocativo
    El vocativo, estimado lector, es el caso que cumple con la función apelativa o de llamada. En la famosa primera oración de Cicerón en las Catilinarias (Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?) Catilina, como se puede observar, es el vocativo. Parece sencillo —y lo es— pero no todo el mundo lo aprecia. De hecho, es probable que solo aquellos con cierta formación en lenguas clásicas lo sepan utilizar.

  2. Los casos
    De lo particular a lo general. Pasamos del vocativo a los cinco restantes —cuatro en el caso del griego clásico—. Independientemente del orden —que variaba según el profesor— el grado de familiarización con los casos avanzaba en la medida en la que dedicábamos más tiempo a declinar los diferentes adjetivos y sustantivos de las distintas declinaciones.

  3. La sintaxis
    Si para algo servía el latín era para aprender y entender la sintaxis en nuestra lengua. Hasta tal punto de desear que hubiera casos en español para poder saber qué función cumple dentro de la oración. Aunque, todo sea dicho, desde que aprendimos que el sujeto iba en acusativo en las oraciones de infinitivo, nuestro deseo por los casos en español se desvaneció casi por completo.

  4. La morfología latina…y española
    Reconozcámoslo: si estudiaste de verdad la morfología latina, sabrás de sobra manejar hasta el pluscuamperfecto de subjuntivo latino. E incluso sabrás que los participios latinos tienen aún presencia en nuestra lengua. El participio de presente lo encontramos en términos como agente o durmiente; el de perfecto es el que ha originado el participio español —véanse términos como amado, de amatus u oído, de auditus—; el de futuro activo lo vemos en palabras como venturo ‘que ha de venir’; por último, el participio de futuro pasivo lo encontramos en términos como agenda ‘lo que debe ser hecho’ o bebienda ‘lo que ha de ser bebido’.

  5. Aprender a leer en latín
    Para un hispanohablante es difícil interiorizar que una lengua no tenga el fonema /x/ (fricativa velar sorda) o que la uve se lea igual que la u. O que la palabra ager se pronuncie [‘ager] en lugar de [‘axer].

  6. La evolución fonética
    ¿Quién no ha presumido delante de sus compañeros de saber cómo evolucionó una palabra latina? Explicar, por ejemplo, que somnum originó el término sueño gracias a la pérdida de la m en posición final, a la diptongación de la o en posición tónica y a la apertura de la u en posición final postónica es algo que se aprende con esfuerzo y dedicación.

  7. Acudir a teatros
    Ya sea para ver una tragedia griega o una comedia palliata romana, lo cierto es que aquello servía para introducirnos en el mundo clásico de una forma diferente y amena. En mi caso, tal introducción se produjo con Pluto, de Aristófanes.

  8. Ser parte de la minoría
    Si has estudiado Latín, Griego o las dos a la vez, sabrás de sobra lo que es mirar a tu alrededor y ver mesas vacías. Por ello, cada vez hay más iniciativas para que se mantengan los grupos de Latín y Griego con menos de quince alumnos, puesto que desde las altas instancias siempre se ve a estos grupos como deficitarios o poco productivos.

  9. Excursiones «culturales»
    Mérida, Segóbriga, Alcalá, Cartagena o Tarragona son solo algunos de los destinos preferidos de los profesores de lenguas clásicas. Debe ser difícil hacer de guía turístico, profesor y supervisor a la vez en este tipo de excursiones.

  10. Películas ambientadas en el mundo clásico
    Afortunadamente, el cine nos ha dejado auténticas perlas que cualquier profesor querrá enseñar a sus alumnos. (http://unono.es/la-cultura-clasica-en-el-cine/article/4068) Por eso, serán constantes las referencias a películas como Gladiator, Troya o 300 —esta para los más modernos—. Y para los clásicos de verdad siempre quedarán maravillas como Espartaco o Edipo, el hijo de la fortuna, de Pier Paolo Pasolini.